De niña mi hermano siempre cuido de mi, pásabamos muchas tardes solos ya que mis padres trabajaban mucho. Solíamos jugar a los dibujos que veíamos y a menudo simulabamos luchas como las series, la mayoría de las veces terminaban con mi hermano encima mía frotandose con mi pelvis. Fue así como descubri que frotando en esa zona experimentaba placer. Sin embargo la cosa nunca iba a mayores, y bajo ese sometimiento solía sentirme a gusto. Hacia los nueve años, con la excusa o bien era cierto, no recuerdo, de que tenía pesadillas me metía en la cama de mi hermano. Fue entonces cuando arropada por su calor comencé a masturbarme. Asi durante años se fue sucediendo, él también empezó a masturbarse cuando yo lo hacia, ambos haciamos como que no nos dábamos cuenta de lo que hacia el otro. Pero en una de esas situaciones, mi hermano me quitó el pantalón del pijama y me penetró. No me opuse, ni grité, pero me sentí aterrada, una mezcla de medio y de placer que me sumió en una paralisis que casi no recuerdo. No sé cuanto duró pero si que fue intenso. Recuerdo a mi hermando sobremi apretandome con fuerza, sudando y respirando fuerte, me hubiese gustado sentir más, pero la mezcla de dolor y miedo me lo impidió.
A pesar de lo dramático que puede sesultar, tras ello no volví a meterme en su cama, no volvimos a jugar y todo contacto anterior desapareció. Pero el recuerdo permaneció y menudo por las noches fantaseaba que mi hermano entraba en mi habitación y me forzaba de nuevo, el imaginármelo me imbuía en un placer extremo, una excitación enorme. Al alcanzar los doce años me masturbaba continuamente y siempre pensando en mi hermano. Seguiamos pasando tiempo juntos, el era cariñoso y bueno conmigo, pero había crecido, yo deseaba que me tocase, que me forzase, pero no volvió a suceder. Para entonces él tenía 16 años y había empezado a salir con sus amigos y fue así como poco a poco fui haciendome a la idea de que ya no estaba para mi. Yo mientras tanto seguía masturbandome con la misma fantasía, lo hacía en casa, en la cama, en la ducha, y hasta en la escuela.
Así pasaron los años y empecé a entrar en la pubertad.Conforme mis hormonas se disparaban aun más mi hermano se había convertido en un hombre, era enorme, y de hecho comenzó a pernoctar y a tener problemas, a menudo se peleaba con mis padres, casi siempre discutían, tenía problemas en el instituto y demás, yo comntemplaba todo esto como una testigo invisible. Cuando cumplió los 18 se marchó de casa, no supimos demasiado de él durante algún tiempo, y todo esto me resulto traumático. Ya no lo veía por casa y me costaba recrearlo en mis fantasías sexuales. De hecho, así pasaron 2 años y todo se me fue pasando, mis fantasías con él casi desaparecieron.
Tras una etapa de drogas y problemas con la ley reapareció. Con la ayuda de mis padres intentó reconducir su vida, yo intenté ayudarle y estar con él. Al empezar el bachiller mi modalidad solo la hacían en un pueblo que estaba a 30 Km y por coincidencias de la vida, mi hermano tenía un piso allí. De modo que me mudé a su casa. Estaba encantada de poder estar cerca de él y animarlo. Todo parecía estupendo, yo estudiaba, él encontro un buen trabajo y dejó atrás su vida y sus nocivas amistades, mis padres venían casi cada fin de semana. Pero ahí estaba él, y yo ya no era tan niña, tenía 16 años, un cuerpecito de mujer que rebosaba energía, y como no, volvieron mis fantasías.
Al principio solo fue eso. Fantasías y poco más. Pero pasado el tiempo empezó a convertirse en una obsesión. La primera vez que lo vi en ropa interior, él con toda naturalidad, a fin de cuentas somos hermanos, me puse nerviosa. No pude quitarlo ojo de aquel bulto, y alimentó como no mis fantasías. Pero quería más, quería ver más. Cuando se duchaba a veces me ponía tras la puerta con la oreja pegada, a ver si escuchaba algo, a ver si podía escuchar indicios de que se masturbara. Y lo logré. Pero hubo más. Yo procedí a masturbarme tras la puerta cuando él lo hacía en la ducha. El problema es que no me di cuenta en que mis jadeos probablemente se escuchaban hasta que un día en mitad del clímax, el grifo se apagó, se hizo el silencio y escuché una voz decir, “¿Cris estás bien”? Me quedé paralizada, y con la voz temblorosa, dije, “Sí, sí” Pero claro, se debió de dar cuenta de que mi voz salía nada más y nada menos que de detras de la puerta del lavabo.
Cuando salió de la ducha, vino hasta el comedor, con solo la toalla puesta alrededor. Yo estaba en bragas y tirantes sentada en el sofa, con las piernas apretadas y la entrepierna húmeda, algo confundida y nerviosa, cuando lo ví así me pues aun más nerviosa. “¿Te pasa algo, te encuentras bien? ¿Te ha pasado algo en el intituto?” Le contesté que estaba bien, le esbocé una sonrisa, pero tenía que darse cuenta, se sentó a mi lado y me abrazó, su torso desnudo me envolvió y me quedé paralizada. “Oye, cualquier cosa que te pase me lo puedes contar eh, no te preocupes” No dije nada, le miré fijamente, le sonreí y le devolví con mucha fuerza el abrazo, “Vale” Me dio un beso en la mejilla, se levantó, y ay madre, ahí estaba todo su miembro erecto abultando tras la toalla, no pude evitar clavar la mirada ahí, se dio cuenta, pero hizo como si nada y se fue a vestir.
Yo quería más y no me daba cuenta realmente de lo que hacía. Necesitaba ver aquello más, necesitaba saber si yo le excitaba también, era de locura pero no me daba cuenta. Aprovechando el verano iba siempre con el mínimo de ropa posible, el mero hecho de imaginarme que podía excitarle me excitaba a mí muchísimo. Seguí espiando sus duchas y masturbándome tras la puerta. Llegó el día de su cumpleaños, era sábado y me levanté pronto. Me di una ducha y decidí despertarlo y darle mi regalo, entré en su habitación sin hacer ruido, estaba desnudo con su pene totalmente erecto, estaba algo oscuro pero podia observarlo, era enorme. Tragué saliva me acerqué y lo tapé un poco con la sábana para que no se sintiera incómodo, no sin antes observarlo detenidamente, aunque no me atreví a tocarlo por miedo a despertarlo. Me puse encima suyo, mmis braguitas sobre su pene, enorme, poderoso, caliente, tapado por la sabana, estrujé mi pelo recién duchado para que le cayera agua en la cara y al despertarse le grité “Felicidades!” Le di un abrazo y un beso, se incorporó algo aturdido y le entregué el regalo. Estaba algo nervioso, pero hizo como si nada, igual que yo, como si no estuviese sentada sobre su duro falo. Le gustó mucho el regalo. “venga dormilón, que además te he preparado el desayuno” Me levanté, él se tapo un poco más, algo avergonzado, aunque yo seguia comportandome (falsamente) con toda naturalidad, entonces observé que desvió su vista hacia mis braguitas. Fui hacia la cocina a poner el desayuno en la mesa mientras el se vestía y entonces me di cuenta de lo que él habia mirado, mis braguitas estaban mojadas, ¡que vergüenza!
Las cosas siguieron como siempre. Esa misma semana estaba tumbada en mi cama, con música, totalmente excitada por las escenas vividas, empecé a rememorar su miembro. Me desnudé y lentamente comencé a tocarme, estuve rato calantandome, tocandome imaginando a mi hermando tocandome. Entonces entró en casa, había llegado del trabajo, saludo pero no conteste. Podria haber cerrado la puerta, haberme puesto rápidamente algo, pero casi como si me empujara una fuerza irresisitible comencé a masturbarme con fuerza. Fingí que no le había escuchado, y empecé a exagerar mis jadeos y respiración para que el lo escuchara. Observé de reojo como se asomaba a mi habitación a través de la puerta entreabierta en silencio, yo seguí masturbándome hasta que me corrí, chillé. Al terminar me quedé un buen rato tumbada, de hecho me dormí.
Al ver luego a mi hermano hicimos como si nada. Los días que él trabajaba me metía en su habitación y me masturbaba en su cama, a menudo cogía sus calzoncillos usados y me ponía con el olor. Uno de esos días me envió un sms diciendo que llegaría una hora antes a casa. Haciendo caso omiso y sabiendo que llegaría antes entre desnuda a su habitación, y comencé a masturbarme en su cama como hacía a menudo. Entró en casa. Hice lo mismo que la otra vez, hacer como que no lo había escuchado. Entonces abrió la puerta de golpe, cosa que no me esperaba, esperaba que me espiase. Me asusté y me quede paralizada, no sabía qué hacer. Se abalanzó cobre mi, con toda su fuerza y comenzó a sobarme tetas, luego me las agarró con fuerza y pasó a chuparme alrededor del cuello para luego besarme en la cara. Envuelta en él toda su respiración y boca me ahogaba, no dije nada, simplente me deje llevar. Entonces sucedió. Note como algo enorme y ardiente se había paso en mi vagina, al principio me resulto incluso doloroso. Abrí los ojos, ahi estaba él sobre mi, empujándome contra la cama, volvió a sobarme las tetas con mucha fuerza, de hecho me hacía daño, con una mano me cogió la cabeza y con la otra me apretó una nalga, todo ello mientras seguía pasando toda su lengua, aliento y respiración por mi cara, cuello y tetas. Con tanta fuerza que me estaba haciendo daño, pero no dije nada. Entonce empezó a envestirme con una potencia descomunal y mis jadeos y chillidos se dispararon. Na sabría decir si gritaba de dolor o de placer, o ambos. No se cuanto duró, pero si puedo decir que me corrí profundamente, y entre mis espasmos y su forma de apretarme casi no podía respirar, entonces me apretó con más fuerza aún y esta vez, tras haberme corrido chillé de dolor. Entonces se corrió, chilló como un animal sobre mi cuello y un torrente ardiente me inundó por dentro, fue una sensación brutal.
Nos quedamos abrazados exhaustos durante mucho rato, sin decirno nada, sin hacer nada. Entonces se levantó, con su pene flacido y yo me quedé tumbada mirandole. No dijo nada. Se fue dar una ducha y al salir yo seguía en el mismo sitio. Se acercó, me abrazó, esta vez con ternura, me dolía todo. “Cris, oye, mira no sé que…” Le tapé la boca con un dedo, “No digas nada…” Y eso hicimos. Un par de contusiones leves, algún moratón, una vagina dolorida algunos días y una píldora del día después, fueron las secuelas. Sorprendentemente seguimos haciendo vida como si no hubiese pasado nada, de algún modo yo me sentía profundamente satisfecha y tranquila, ni siquiera sabía si quería que volviese a pasar.










Cuando regresamos a casa estaba algo más calmado, habíamos hablado de otras cosas y no se mencionó el asunto. Cuando me fui a dormir mi hermana se quedó un rato conmigo, sin decir nada, como si esperase que fuese a pedirle que me masturbara de nuevo. Lo cierto es que me moría de ganas, pero no dije nada.
Comenzó a acariciarme sobre el pantalón al tiempo que me miraba con esos ojillos típicos de niña buena.
Me entró una enorme sensación de culpa, de haber hecho algo vergonzoso, pero no dije nada. Mi hermana me limpió con un pañuelo el seman y luego me besó.
Me preparó el desayuno y lo trajo a la cama, se encargó de todo, lo cierto es que me sentía querido y cuidado, y poco a poco desaparecía la vergüenza de que me lo tuviesen que dar todo. Luego llegó la hora de ducharnos. Al entrar al baño me la encontré desnuda, me quedé algo sorprendido, pero tampoco me extrañó demasiado.
A la tarde, ya en casa, estaba sentado sobre el sillón. Mi hermana puso música y se puso a bailar, la observé durante unos suegundos, quizá minutos, era preciosa. Intentó que me animara a bailar, pero no quisé.
Comenzó a desabrocharme el pantalón, me dió por reir. Masajeó mi pene sobre el pantalón mientras lentamente desabrochaba un botón tras otro, “Dime la verdad hermanito, lo estabas deseando…” Quizá fue un punto de inflexión, pero no pude evitarlo, por primera vez me reconocí a mi mismo que lo deseaba, “Sí, pero no me atrevía a pedírtelo”. Volvió a darme un tierno beso y me susurró al oído, “No tengas miedo a pedirmelo, a mi me encanta”.
ía de placer se acercaba el final inevitable, entendió que llegaba el momentó y apretó con fuerza, succionó con poder y ternura y aceleró su movimiento. Hasta que exploté en una inmensa cadena de espasmos, placer y sobretodo, semen, sentí como si no pudiese parar de eyacular. Mi hermana no me dejó en ningún momento, acompañó mi orgasmo sin retirar la boca y desacargué todo mi semen en su boca, grité de placer como nunca lo había hecho.
Desde que mi hermana se empezó a hacer mayor he tenido deseos hacia ella, como mera fantasía a menudo he imaginado o soñado escenas eroticas con ella, y debo confesar que me masturbaba pensando en ella.
El segundo día insistió en lavarme! No quise hacerlo, alegué que estaba cansado y me encontraba mal. El día transcurrió con normalidad, me hizo la comida al llegar de clase, estuvo por mi todo el día, lo cierto es que se podía decir que estaba como un rey. A la noche me puso el pijama, me lavó los dientes, etc.
Al día siguiente ya empezaba a acostumbrarme a que me lo hiciera todo. María a parte de ser muy hermosa, tiene una sonrira y una manera de hacer las cosas que lo facilita todo, y eso era de agradecer. Pero el problema era que por las noches soñaba con ella, en realidad toda esta situación me excitaba muchísimo y no podía masturbarme. De hecho mi nueva fantasía era que me masturbase. Y esto era un problema.
El día siguiente era sábado, íbamos comer a casa de mis padres, así que nos levantamos juntos. Después de hacerme el desayuno tocaba baño. Nuevamente, al desvestirme no pude controlarlo y mi pene se tornó duro y muy “cargado”.
Mi hermana tiene tres cosas enormes, sus dos pechos y un trastorno sexual. Desde muy pequeña que se masturbaba a diario y a todas horas, no sé cuando fueron conscientes mis padres pero era imposible no verlo. Compartíamos habitación, ella dormía en la cama de abajo de la litera y todas las noches se masturbaba a mi me molestaba al principio aunque después pasé a hacer lo mismo escuchando sus jadeos.
Se puso a llorar totalmente desconsolada al terminar, no sabía que hacer así que me acerqué y le abracé, no sabía decirle nada. Me apretó con todas sus fuerzas y siguió llorando, podía notar sus enormes pechos y el tacto de su cuerpo. Así pasamos unos veinte minutos hasta que terminó de llorar, no nos diguimos nada.
Al día siguiente mis padres tenían un pequeño viaje de fin de semana. Aunque no querían dejar sola a mi hermana decidieron dejarla a mi cargo. Yo casi temía la situación. Cuando al fin se marcharon volví a entrar en casa tras haberles ayudado con las maletas, mi hermana estaba en el sofá. Llevaba unos días que no hablaba, perecía enfadada. Me senté en la butaza y me puse a ver la tele con ella. De repente me miró y le cambió la cara, puso cara de cerda, empezó a jadear sin tocarse, su respiración era muy fuerte. Entre jadeos logró susurrar algo así como “no aguanto más”, comenzó a tocarse, cada vez parecía mas ida.
Al despertarse vino corriendo hasta mi, yo estaba preparando la comida. Sentía un gran remordimiento. Pero no así ella por lo visto, estaba radiantes, animada, muy contenta. Me abrazó con mucha fuerza. No hablamos del tema. Por la noche volvimos a hacerlo, de hecho todo el fin de semana lo pasamos haciendo el amor de una forma salvaje. Dude que en mi vida pudiera estar con una mujer que esté tan buena como mi hermana y con esa sed salvaje de sexo, posiblemente fue el mejor sexo de mi vida anterior y futura.
Antes de que llegara a acostarme con mi hermana no se podría decir que sintiese atracción sexual por ella. Al margen de nuestros juegos de la infancia, nunca le di más importancia y tampoco me fijé más de lo que cualquier hermano se fijaría. Pero aquella noche todo cambió.













