“Después de pasarme un tiempo sin internet, mientras actualizao con más historias personales, se me ha ocurrido un relato de ficción sobre incesto que me gustaría compartir”
Recostada sobre el diván Annabel se sentía relajada, era su primera sesión con su nueva terapeuta, Mónica. Hacía poco que se había mudado a esta ciudad, y tras mucho tiempo recurrió a esta terapeuta en busca de ayuda para su problema. Annabel contaba ya con 40 primaveras, pero mantenía un cuerpo y una piel excelentes, además de hermosa poseía unos pechos envidiables, abultados, turgentes, grandes pezones y sabrosos, eran el deseo de muchos con los que se cruzaba en su vida, pero habían sido en parte su principal problema.
- Bueno Annabel, quiero que me cuentes toda la historia desde el principio, sin olvidar detalles, podemos parar y descansar cuando quieras, nos tomaremos todo el tiempo necesario, porque es importante no obviar nada.
- Hace unos dieciseis años ya, mi hijo tenía 2 añitos y aun seguía dándole el pecho, no había logrado acostumbrarlo a que comiera otra cosa y por otra parte, no sé si porque era una madre soltera, encontraba placer en ese momento de compartir con mi hijo. El pediatra me recomendó un método para empezar a destetarlo. Pero sucedidó que a medida que lo destetaba el niño solía ponerse violento, lloraba a menudo y no se callaba hasta que volvía a darle el pecho. Con el tiempo logré que comies papillas y que ya no dependiera del pecho. Pero era demasiado revoltoso y le daba el pecho para que se calmase a veces.
Así pasó el tiempo hasta que cumplió los cuatro años, ya lo había destetado y era un niñó demasiado inquieto, lo apunté a la guardería y tuve problemas porque pegaba a los otros niños. La cosa fue in crescendo hasta volverse incotrolable, los médicos me decían que no controlaba sus impulsos, que no los reprimía y me recomendaron un tratamiento en el que se incluían fármacos. Parecerá una tontería pero darle fármacos a mi hijo me pareció mucho. Fue así como una noche decidí darle el pecho otra vez, tenía ya 5 años. Recuerdo aquella noche, mamaba con mucha fuerza, y aunque me da vergüenza reconocerlo, me excitó. Después se relajó y al día siguiente no tuvo ningún problema.
- Continúa
- Descubrí que si le daba el pecho antes de dormir liberaba sus impulsos y estaba más tranquilo. De modo que continúe de esta manera. Así continué hasta que cumplió los 10 años, ya había pasado tiempo y me parecía una exageración que siguieso mamando de mi teta, así que lo “desteté”. Fue difícil cuando estaba sentada en el sofá se me abalanzaba, me metia mano, me empezaba a manosear los pechos y buscaba la manera de sacarmelos. Yo le regañaba y se enfadaba. Creí que al final se acostumbraría. pero no fue así. El colofón llegó cuando un día abusó de una compañera, no la violó pero la tumbó en el patió y empezó a refregarse contra ella, Fue un escándalo y suerte que los padres no me denunciaron. Decidí mudarme de ciudad. Se había descontrolado, era un niño normal pero cuando acumulaba toda esa “tensión sexual” se
volvía salvaje y hasta peligroso.
Después de aquello, una noche le llamé, estaba en el sofá y me desabroché la camisa, se me hecho encima, gemía de placer mientras me mamaba ambas tetas, nunca lo había hecho de una manera tan descontrolada. Ya no sólo mamaba el pezón, sino toda entera inculos me las acariciaba con las manos. Observé como se llebava la mano a la entrepierna y empezaba a masturbarse. No se lo impedí, de hecho no pude evitar que todo ese “masaje” en mis pechos me excitara como nunca. Tras ello se calmó y volvió a ser un niño normal.Empezó a convertirse en rutina, todas las noches mientras me mamaba las tetas se masturbaba. Tenía miedo de llevarlo a un médico o de contar la historia y que me lo quitaran, que me trataran como a una pervertida, de modo que seguí haciéndolo.
A partir de los 12 años empezó a crecer muy rápido, le empezó a crecer el pene de manera desproporcional así como a salirle bello y a tener su primera eyaculación. Con ello creció su deseo sexual y en consecuencia la intensidad de las mamadas. Ocurrió un día que estábamos duchándonos que empezó a mamarme los pechos como nunca, por todas partes, pero con incluso suavidad, incluso llegaba a lamerme el cuello. Me excité muchísimo y me llevé la mano a mi sexo. No pude evitarle mientras él seguía yo me masturbaba. Me sentí horrible después de ello, de modo que hablé con él y volví a “destetarlo”.
- Y qué ocurrió.
- Fue peor que la anterior, se volvío violentó y volvió a acosar a una niña. Volvimos a mudarnos. Una vez en la nueva casa, el tenía ya 13 años, estaba en el sofá en ropa interior, se sentó al lado y empezó a masturbarse. me miraba con ojos de deseo, decidí muy a mi pesar quitarme el sujetador. Se hech
ó encima y empezó a mamarme las tetas como un salvaje, gemía y gritaba a la vez que se masturbaba, pero ya no sólo mamaba mis tetas sino todo mi cuerpo (los pechos era lo que más pero no lo único ya). casi sin darme cuenta se me fue la mano a mi sexo y se dio cuenta, me quitó las bragas y empezó a lamerme el sexo, intenté detenerlo pero se ponía violento. Luego quiso penetrarme pero me resistí, no solo por los motivos obvios sino por riesgo a quedar embarazada de mi propio hijo, pero estaba descontrolado intentaba forzarme, tenía mucha fuerza se había desarrollado mucho así como un gran pene. Al ver que no podía controlarle empecé a acariciarle el miembro y le masturbé. Pero lejos de relajarse se le volvió a poner dura y se hechó encima mío. Esta vez le practiqué una felación y se calmó.
Estuvo dos días tranquilo después, pero sabía que era cuestión de tiempo de modo que compré antoconceptivos. Una de las noches se repitió la historia pero esta vez me dejé penetrar. Hacía años que no estaba con un hombre, de hecho no podía traer a ninguno a casa porque se violentaba. Me penetró con fuerza y me folló como un auténtico animal, y tuve un orgasmo. A partir de entonces entramos en una nueva rutina, todas las noches me follaba y a veces hasta tres veces, era incansable. La cosa fue in crescendo, me besaba, me lamía todo el cuerpo y hasta me hacía cunilingus. Dormía conmigo, por las mañanas se despertaba como un animal y me follaba, cuando llegaba del cole se me hechaba encima y me volvía a follar, y luego por la noche también.
El caso es que poco a poco crecía, era enorme ya medía metro ochenta era muy corpulento para su edad, con 16 años parecía un hombre, además tenía un pene colosal y una energía impresionante. Él era cada vez más consciente de la situación, aunque lo veía normal, no se lo contaba a nadie por eso. Pero gracias a ello por fin hacía una vida normal, iba bien en los estudios, tenía amigos, hacía deporte y empezó a salir con una chica. Por este motivo empecé a dejar de acostarme con él, hablé con él, y aceptó a regañadientes, pero lo aceptó. Pasó el tiempo y empezó a ir mal en la escuela y a tener problemas, se volvío inseguro, nervioso y torpe. Una noche estaba en su habitación llorando porque la chica le había dejado, había suspendido dos exámenes y todo le estaba saliendo mal, fui a consolarle, empecé a acariciarle, me desabroché la camisa y empezó a mamarme las tetas. Me gustó, empecé a acariciar su descomunal pene erecto y a masturbarle mientras me seguía mamando, me desvistió y siguió lamiéndome todo el cuerpo mientras me decía “no hay nadie como tú mamá”, hasta clavarme su estaca, en ese momento gemí y descubrí que a mi también me gustaba, nadie me hacía el amor como él. Esa noche disfrute como nunca del sexo.
Así hasta ahora, tiene 18 años ya y no sé que hacer con esta situación, lo peor es que disfruto y tengo orgasmos con mi propio hijo. Cuando lo pienso siento vergüenza pero cuando lo veo no puedo evitar dejarme manosear por él, y aunque me avergüenza decirlo, cuando se saca su polla me vuelvo loca.
Esta es mi historia, sé que cuando regrese a casa estará esperándome, lleva todo el día sin verme, con su gran pene erecto y descargará sobre mí toda su testosterona, y lo peor es que lo disfrutaré. No sé que hacer.