Mi nombre es Annabel, tengo 40 años, a los 20 años tuve un hijo al que he chuidado con mimo y al que he dedicado toda mi vida. Mi cuerpo es objeto de deseo de todos los hombres que se cruzan conmigo, pero tiene dueño, y no es otro que mi hijo.
Al salir de la consulta la doctora me recomendó un tratamiento psicológico y farmacológico para tratar el problema con mi hijo, mi hijo tenía que ir a verla para inciar el tratamiento. Fui a tomarme un café y a meditar un rato, noté como me miraban dos hombres desde la barra y hablaban entre ellos, también llamé la atención de otras personas y el camarero empezó a tartamudear al hablarme. ¿Tendría parte de culpa mi cuerpo y mis pechos? ¿Si hubiese tenido un cuerpo menos exuberante habría desperado la misma pasión en mi hijo? No podía evitar sentirme culpable. Tantos años sin estar con ningún hombre, dedicando mi vida a trabajar y a criar a un hijo. Pero ahora por fin hebía sido valiente, he contado mi historia y se puede solucionar.
Me quedé un rato pensando, el camarero me trajó el café, me miró las tetas, le di las gracias, se giró y se tropezó ligeramente. Podía estar con cualquier hombre, muy pocos rechazarían pasar una noche conmigo, en cambio duermo con mi hijo, pero por fin se terminará.
Pensé que al llegar a casa estaría esperándome, posiblemente estará estudiando, se alegrará de verme. Posiblemente me besará el cuello y me acariciará los senos, y yo acabaré con su enorme rabo en mi boca, muchos de los hombres que hay aquí pagarían por hacer lo que mi hijo me hará cuando regrese. Todos estos años… Todas las tardes que he pasado dandole el pecho a mi hijo, su primera eyaculación sobre mi camisa, el deseo y la pasión que me transmitía con cada mamada, toda esa pulsión todo ese amor desbocado, las noches que ha pasado embistiendome con fuerza. Todo ello terminaría, y sería bueno, podrá hacer una vida normal, y yo podré estar con otros hombres.
Pedí la cuenta, el camarero me la trajo, estaba nervioso, le pagué y dejé una generosa propina, “muchas gracias – me dijo – es usted muy hermosa” lo dijo temblándole la voz, no me quedó otra que sonreirle y darle las gracias por el cumplido. Medio bar me observó salir.
¿Así que todo terminaría? De camino a casa fui pensando en ese pene, recuerdo la primera vez que le hice una felación, era grande, llevaba años sin probar una y me gustó, casi ni lo recordaba. O la primera vez que me penetró fue una experiencia increible que fui disfrutando cada vez más con el t
iempo. Empecé a darme cuenta, los últimos años había tenido sexo a diaria con mi hijo, y me gustaba. Ahora que estaba más mayor, que ya era adulto disfrutaba muchísimo, sabía lo que me gustaba, me hacía muy bien el amor y yo le correspondía bien. Y los momentos de coito eran maravillosos. Llegué frente a la puerta de casa, ahora era consciente, no quería terminar, no iba a llevar a mi hijo a la psicóloga.
Mi hijo estaba esperándome en casa, no salía a veces por quedarse conmigo, y siempre se alegra mucho de verme, él me quiere de verdad. Pensé en él, sonreí, me sentí feliz de que estuviese en casa. Decidí ir al supermercado, hoy le daré de cenar su comida favorita y después le haré disfrutar del postre, y yo gozaré como siempre.
Me ha gustado mucho el relato de annabel, si yo tuviese una madre así también querría estar todo el día con ella xp
saludos
Comentario por antonino — Julio 10, 2008 @ 4:17 pm