Antes de que llegara a acostarme con mi hermana no se podría decir que sintiese atracción sexual por ella. Al margen de nuestros juegos de la infancia, nunca le di más importancia y tampoco me fijé más de lo que cualquier hermano se fijaría. Pero aquella noche todo cambió.
Tener un pene descomunal es el sueño de muchos hombres, pero para mi llegó a ser más que una pesadilla. He de reconocer que nunca tuve demasiada suerte con mis relaciones y el tamaño de mi pene contribuía paradógicamente a ello. Inicialmente las mujeres con las que me acostaba solían pensar que “eso” no les cabía, les ponía nerviosas y a menudo necesitábamos usar lubricantes, todo ello me causaba una cierta frustración impidiéndome disfrutar. Mi última relación no terminó muy bien y desde entonces los demás intentos por acostarme con una mujer no iban por buen camino, la frustración y el miedo acababan convirtiéndose en dificultad para la erección y desde entonces tuve un cierto complejo. Llegué a pensar que nunca más podría acostarme con nadie.
Pero aquella noche, cuando penetré a mi hermana lo olvidé todo. Inicialmente el hecho de que fuese mi hermana me hacía actuar con total desinhibición, a diferencia de otras mujeres no tenía que hacer ningún esfuerzo por gustarles, simplemente estaba pasándolo bien. Pero ya cuando empezamos a bailar pegados se me puso dura, muy dura, y ella al notarlo apretó su pelvis contra mí. Y así continuó la cosa hasta casa, el alcohol de más impedía en parte darnos cuenta de la locura que estabamos cometiendo, pero al fin y al cabo no era muy diferente de nuestros juegos infantiles, aunque con unos cuantos años de más.
Si tuviese que elegir una imagen escogería el momento en el que me vi con la polla fuera en completa erección y ella se la llevó a la boca mirándome. Jamás había visto tanto fuego y goce en una mirada, su entusiasmo en practicarme la felación sólo era un preámbulo de lo que estaba por acontecer. Nunca jamás me habían practicado una felación con tanta devoción, tal fue la situación y la sensación de volverme a ver con el pene duro como una piedra que caí imbuido por la situación hasta correrme.
Tal fue que yo mismo quedé impregnado de esa pulsión animal al verme como mi miembro volvía a estar duro. Penetrar a mi hermana no fue como con otras mujeres. Su recto era muy estrecho, pero estaba muy húmeda, no pareció dolerle ni molestarle. Me sentí vivo y poderoso, y al oirla gritar de placer a la primera envestida comencé a follarla con fuerza. Jamás imaginé que podría llegar a disfrutar tanto un coito. Notaba mi miembro entrar y salir en aquella cabidad húmeda, caliente y sobretodo, muy estrecha, a la vez veía a mi hermana gemir y temblar sin parar, totalmente ida, llegó a babear el sofá, como si estuviese en trance. Sus orgasmos fueron tan violentos que no pude evitar correrme.
Aquella noche fue tan impresionante que no nos quedó lugar a la culpa. No nos dijimos nada, pero sabíamos que volvería a repetirse. Sabíamos que no podríamos resistirnos a tal placer tan extremo. Era como transformarse, imbuidos por un instinto animal de lo más básico, casi desconocido en uno mismo, una culminación con una explosión final. Aquella noche terminamos tan agotados que luego no podíamos movernos.